Aborto: abordajes latinoamericanos en comunidades negras e indígenas

marzo 25, 2022

Aborto: abordajes latinoamericanos en comunidades negras e indígenas

El artículo a continuación busca brindar información que promueva la reflexión sobre este polémico y coyuntural tema que es la interrupcipon voluntaria del embarazo, no siendo nuestra intención sentar una postura a favor o en contra de su práctica.

El 21 de febrero del año en curso, la Corte Constitucional de Colombia determinó que, además de las tres causales que ya se encontraban establecidas en la Sentencia C-355 de 2006, se considera despenalizada la interrupción voluntaria del embarazo siempre que se efectúe antes de la semana 24 de gestación, todo lo cual ha suscitado una enorme ola de debates y cuestionamientos en distintos sectores del contexto latinoamericano e internacional.

La lucha por la despenalización del aborto suele principiar en la atención de varias problemáticas que flagelan especialmente a los grupos marginarios de la sociedad, quienes se ven aún más vulnerados en sus derechos a causa de factores socioeconómicos, políticos, raciales, etc., como es el caso de mujeres negras e indígenas. En su artículo titulado Leyes antiaborto: guerra contra mujeres pobres, la periodista brasilera Manuella Libardi expone las inquietudes del caso a propósito de las enormes brechas económicas que existen entre las familias negras y blancas en los Estados Unidos, y la forma en que la tasa más alta de abortos del país se concentra en el caso de las primeras.

No obstante, según advierte Libardi, a raíz de la despenalización del aborto en ese país, la tasa de empleo aumentó 6.9 puntos porcentuales, y de manera similar, el ingreso de niñas al colegio, su graduación y admisión a universidades también registró un aumento significativo según estudios del Institute for Women’s Policy Research. Estos datos permanecieron inalterables en las estadísticas relativas a la población blanca, demostrándose que las mujeres negras son las más vulneradas con la medida punitiva y, en consecuencia, las únicas cuyas condiciones podían mejorar ostensiblemente tras la despenalización[1].

Ahora bien, las posturas en contra del aborto suelen asumir varias facetas, una de las cuales centra la discusión en el ámbito religioso. Tal suele ser el sustento argumental de los denominados ‘provida’, lo cual trae una serie extensa de implicaciones:

Al colocar el dilema entre vida y muerte, se contribuye a culpabilizar a las mujeres; pero cualquier mujer que se enfrenta a un embarazo no deseado y ante la posibilidad de un aborto, está ante un dilema que es siempre entre vida y vida[2].

Esto último se encuentra estrechamente relacionado con las consideraciones de Libardi en su artículo, pues se acentúa la pregunta sobre ¿qué implica realmente la calidad de vida si no hay un entorno favorable para la concepción, la gestación y, por tanto, el crecimiento del niño o la niña? Sin embargo, organizaciones como Católicas por el Derecho a Decidir o Decisiones Sagradas  han apropiado el argumento religioso según el cual es Dios mismo quien ampara la voluntad de crear o no vida, de modo que la decisión de procrear es tan sagrada como la de no hacerlo. Esto nos permite reconocer que, a pesar de que la tradición religiosa judeocristiana ha contribuido milenariamente a la construcción sociocultural de una mujer definida como sumisa, marginal y procreadora –entre otros estigmas–, al interior de un mismo círculo doctrinario existen personas que se sirven de la misma estructura teológica para sostener y argumentar una posición tanto a favor como en contra de los derechos reproductivos y sexuales de la mujer.

En América Latina solo un sector minoritario de la población tiene la posibilidad de asistir a clínicas privadas o a métodos farmacológicos seguros. Tanto las mujeres indígenas como las afrodescendientes, particularmente condicionadas con ingresos mínimos y una educación precaria, son las que más frecuentemente fallecen por cuenta de abortos practicados de manera insegura. Según la OMS, las tasas de aborto más altas son las que registran los mal llamados países ‘en vías de desarrollo’. Las naciones de América Latina ocupan las primeras posiciones de la lista, especialmente aquellas que conforman la región Caribe, “afectando a 59 de cada 1.000 mujeres en edad reproductiva”[3]. Asimismo, alrededor de 3.7 millones de abortos practicados en América Latina durante el 2008 fueron realizados en condiciones del más alto riesgo[4].

Kimberly Minda Borja, “mujer, futura mamá negra, cimarrona, afrodescendiente, afroecuatoriana –en ese orden de importancia– interesada en la investigación de criminalización, derechos humanos y afrodescendencia con una mirada de seguridad internacional”, ofrece en un artículo publicado por Afroféminas un testimonio sobre cómo recibió la noticia de su embarazo y la forma en que su decisión de concebir estuvo cimentada en las condiciones de su entorno, su estado psicológico y emocional, los ingresos económicos, su familia y la vida en pareja y, en definitiva, todo el relato de lo que, en su caso, fue una decisión plenamente consciente e informado[5]. Sin embargo, nos advierte la propia Minda, esta decisión no es representativa de lo que sucede en la gran mayoría de los casos, como tampoco son representativos los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos de Ecuador.

Se me hace bastante difícil pensar –afirma Minda– que el 72% de mujeres afroecuatorianas, que según el Instituto Nacional de Estadística y Censos hemos sido víctimas de algún tipo de violencia hemos estado en condiciones plenas de decidir sobre la maternidad, nuestros cuerpos y sobre el significado explícito e implícito de continuar o no con un embarazo. Y esto, por supuesto deberá ser matizado por el hecho de que el 39% de las mujeres afroecuatorianas han sido víctimas de violencia sexual (CONAMUNE, 2021). Es decir, las mujeres afroecuatorianas difícilmente estamos en capacidad de ejercer el derecho a decidir, pues los elevados indicadores de violencia tienen una influencia directa en las condiciones psicológicas, de pareja, socioeconómicas, familiares, etc[6].

¿A quiénes se le pueden creer en materia de estadística? De un lado se pretende ignorar una problemática de salud pública, de género y étnica, y del otro se aboga por visibilizar la complejidad de los procesos sociales, sin muchas posibilidades de conseguirlo.

Relmu Ñanku, militante y activista mapuche en Argentina, aduce en uno de sus artículos que:

Sin desmerecer ninguna posición, nosotras creemos que la legalización del aborto es parte de la deuda histórica del Estado para con las mujeres. No es una cuestión de la vida privada, no es personal ni es una cuestión moral: el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo es una decisión política y es un tema de salud pública[7].

Ahora bien, para las mujeres indígenas la situación no es menos compleja. ‘Indias en pie’, organización creada en 2019, reivindica el uso de la palabra india, frecuentemente tomada como insulto, para denunciar las distintas violencias que sufren mujeres pertenecientes a comunidades indígenas mapuches y quom en la ciudad de Rosario, Argentina. Estas mujeres se consideran a sí mismas ‘las primeras aborteras’[8], adjetivo que arrastra consigo las historias de miles de mujeres violadas en tiempos de la colonia y que fueron cobijadas por ancianas que les realizaron limpiezas espirituales para librarlas del aterrador destino de engendrar más y más esclavos. Afirma otra hermana, citada de manera anónima en el artículo, lo siguiente:

Yo he acompañado múltiples interrupciones de nuestras hermanas, y los propios hermanos que también saben, lo niegan, por eso decidimos visibilizar esta cuestión. Es muy importante pensar en una construcción, una mirada diferente que tenga en cuenta la diferencia con mucho respeto. Nosotras tenemos una forma de salud propia, pero está en la clandestinidad por miedo[9].

La medicina ancestral, práctica cuyas raíces nos remiten hasta la colonia e incluso más atrás, ha tenido un papel medular en la interrupción de los embarazos, ya que la posibilidad de educarse sexual y reproductivamente es escasa, es decir, atravesar la barrera cultural es complejo, a pesar de lo cual la lucha de estas mujeres es tan patente como rotunda. En tanto mujeres indígenas, abortar les implica una interferencia traumática para sus cuerpos, y más aún en relación a su espiritualidad, mas educar sobre la interrupción del embarazo sin fracturar o trastornar este aspecto de su identidad étnica es el reto que se le ha propuesto al gobierno argentino a fin de propiciar un encuentro plurinacional. La consigna es que “el avasallamiento sobre nuestros cuerpos y nuestro pueblo no te permiten decidir si trabajar o no, cuántos hijos tenés, si querés tener, si querés tener sexo o no, hay mucho silencio. Las mujeres indígenas mueren en silencio”[10].

(FOTO)

Pie de foto: El reclamo por la autonomía de los cuerpos en los brazos en alto de la feminista comunitaria guatemalteca Lolita Chávez durante el Encuentro de Trelew en 2018. Foto: Página12.

Para el caso de Colombia, Jazmín Romero Epieyü, lideresa social de La Guajira, explica las razones por las cuales muchas mujeres en su comunidad luchan continuamente con las injusticias que acaecen y se perpetúan en su territorio. En primer lugar, a la falta de información y educación sobre los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres se le suma el ser víctimas de violencia sexual[11].

Seguidamente, el encontrarse inmersas en una comunidad que estigmatiza, juzga y margina tanto a las mujeres víctimas como a las que deciden practicarse un aborto, lo cual conlleva una doble marginalidad: una al interior de la comunidad y otra en tanto minoría étnica. La gran preocupación, según expone Epieyü, radica en la naturalización de la violencia sexual en el seno de su comunidad, lo cual rápidamente desemboca en suicidios y maternidades forzadas producto de incestos, a lo cual se suma el hecho de que “las mujeres jóvenes dentro de las comunidades no tienen ingresos mensuales, no conocen los derechos y garantías a los que pueden acceder en caso de un embarazo no deseado”[12].

En tercer lugar, las enormes distancias que les separan de los puestos de salud más cercanos implican que, al llegar a un centro de atención, tras varios días de viaje en bus o incluso caminando, las mujeres deban enfrentar la discriminación, el rechazo y la incomprensión por parte del cuerpo médico. Ya sea por las barreras idiomáticas, por su identidad indígena, por no contar con un registro civil, por mencionar solo algunas razones, existen diversas circunstancias que obstaculizan una asesoría adecuada y un apoyo óptimo en la interrupción del embarazo, sin contar con que, en caso de que se decida concebir, estas mujeres difícilmente acceden a la información pertinente y oportuna sobre los cuidados que deben tener durante la gestación. De esta manera, sus alternativas se reducen a exponer sus vidas en lugares insalubres con personal poco o nada capacitado,  cargar con el enorme peso de llevar una maternidad forzada o, al no poder asistir a controles médicos para conocer el estado de su embarazo, sufrir las complicaciones que puedan surgir durante el mismo.

El aborto es una práctica milenaria cuyos trazos historiográficos van desde Asia hasta América y desde los griegos hasta la contemporaneidad, su penalización constituyó una problemática circunstancia que llevó a la mujer a replantar su posicionamiento, a darse cuenta de que podía obtener una educación, trabajar, planear su maternidad y que los derechos sobre su cuerpo no han de ser decididos por otra persona. Quedan muchos años de debate por delante, y la invitación es a reflexionar sobre este tema, a informarse cuidadosamente y no comprometerse prejuiciosamente con una u otra posición, a comprender a qué nos enfrentamos y cuál es la historia de todo este proceso, a encarar el asunto como una decisión consciente en maternidad y también en conocimiento.

PROCLAMA DE ‘INDIAS EN PIE’

Somos las indias sucias, las indias patas sucias, las indias de mierda, tu insulto no me toca, me enaltece, tenemos olor a humo y queremos tenerlo. (…) Somos habitantes de la periferia, las excluidas, las marginadas, las ninguneadas, las silenciadas, a las que nos dicen que no sabemos leer, escribir, ni expresarnos, las que olemos a humo[13].


[1] Libardi, M. (enero de 2020). Leyes antiaborto: guerra contra mujeres pobres. Open Democracy: https://www.opendemocracy.net/es/democraciaabierta-es/leyes-antiaborto-guerra-contra-mujeres-pobres/

[2] Blandón, M. y Torres, S. (enero de 2020). El aborto un derecho para salvar vidas de mujeres. Ipas Centroamérica: https://www.corteidh.or.cr/tablas/29076.pdf 

[3] Libardi, 2020.

[4] Anónimo. (febrero de 2014). Reflexionamos sobre el aborto. Afroféminas: nuestra sola existencia es resistencia: https://afrofeminas.com/2014/02/17/reflexionamos-sobre-el-aborto/

[5] Minda, K. (julio de 2021). Sobre la noticia del embarazo para una mujer negra. Afroféminas: nuestra sola existencia es resistencia: https://afrofeminas.com/2021/07/29/sobre-la-noticia-del-embarazo-para-una-mujer-negra/

[6] Ídem.

[7] Ñamku, R. (marzo de 2020). La legalización del aborto en la agenda de las mujeres indígenas. Debates Indígenas: https://debatesindigenas.org/notas/32-legalizacion-del-aborto.html

[8] Alba, L. (abril de 2019). “Indias en pie” reclama protocolos de ILE en lenguas originarias: “las mujeres indígenas somos las primeras aborteras”. Página12: https://www.pagina12.com.ar/186554-las-mujeres-indigenas-somos-las-primeras-aborteras

[9] Ñamku, 2020.

[10] Alba, 2019.

[11] Redacción Judicial (noviembre de 2020). Movimiento feminista Wayuu pide despenalizar el aborto. El Espectador: https://www.elespectador.com/judicial/movimiento-feminista-wayuu-pide-despenalizar-el-aborto-article/

[12] Ídem.

[13] Alba, 2019.

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