El 7 de junio de este año 2021, la constitución de 1991 cumple 30 años de vigencia. Es esta la que reconoce que Colombia es un estado pluriétnico y multicultural, que debe asegurar la protección de la diversidad, de las riquezas naturales y culturales de la nación. Se debió esperar hasta la última década del siglo XX para que el Estado lograra reconocer que la sociedad se compone de indígenas, afrodescendientes, mestizos y descendientes de europeos. Este reconocimiento, en esencia, buscó garantizar que cada ciudadano pudiera tener una identidad social y étnica independiente, que hasta ese momento había sido negada para una gran parte de la población que habitaba el territorio. 

Tres décadas después este proceso parece continuar; el estatus de ajeno o lejano, antes impuesto abiertamente al “otro”, sigue resonando en la construcción del país, e inclusive del continente, pero hay quienes desde todos los puntos posibles buscan garantizar su derecho a la multiculturalidad evocando, por ejemplo, desde el arte lo que por años se ha ido contando y mostrando equivocadamente. 

Si bien, es cierto que desde los años setenta nos ha llegado una transformación y visibilización en las producciones estadounidenses, en las cuales se ha ido incrementando la representación afroamericana, tanto en pantalla como detrás de ella, en el caso latinoamericano es hasta hace poco que se ha comenzado a crear una conciencia que busca mostrar por medio del cine, la diversidad de la comunidad afro. En Colombia, específicamente, películas como El vuelo del cangrejo (2009) de Óscar Ruiz Navia, La sociedad del semáforo (2010) de Rubén Mendoza, Chocó (2011) de Jhonny Hendrix Hinestroza y La playa D.C. (2012) de Juan Andrés Narajo, han logrado abrirse campo en un medio tan esquivo y estereotipado como lo puede llegar a ser el cine. 

Todas las películas mencionadas anteriormente tienen algo en común: cuentan historias sobre afrocolombianos del pacífico. Según Natalie Adorno, estas se pueden agrupar dentro de lo que llama “el surgimiento del cine colombiano”. En el 2013, en términos de producción se pasó de dos o tres películas por año, a unas diez películas por año en los últimos cinco años, además de que subieron las cifras de los espectadores en un 88% desde el 2006. 

La creación de la Asociación Nacional de Muestras, Festivales y Eventos Cinematográficos y Audiovisuales de Colombia, la posibilidad de acceder al Fondo de Desarrollo Cinematográfico, al Programa Ibermedia y al dispositivo de ayuda francés Fonds Sud, entre otros, ha ido catapultando la creación audiovisual latinoamericana a espacios antes inimaginados, que se llega a ver frenada sobre todo por problemas de distribución y exhibición. 

Para Zulay Riascos Zapata, miembro del colectivo Wida Monikongo – Consejo Audiovisual Afrodescendiente de Colombia y de Cimarrón Producciones, durante la quinta edición de la Muestra afro en la cinemateca de Bogotá, realizada en noviembre del año pasado, una de los principales trabajos es visibilizar las múltiples realidades de las comunidades raizales, palenqueras, negras y afrocolombianas, que muchas veces se cuentan desde posiciones que no logran captar las realidades que existen. 

Muchas de las producciones colombianas han sido desarrolladas por directores hombres blanco-mestizos, que buscan sumarse a la causa política o social de los afrocolombianos, por lo que también es importante reconocer y dar el lugar apropiado al trabajo de las mujeres como directoras y productoras. Según Zulay sí se ha visto un avance significativo desde la primera edición de la Muestra afro realizada en el 2016:

“Es evidente la necesidad que tiene la mujer de empezar a contar sus propias historias (…) se nota en la narrativa. Siendo sujetos y sujetas negras, desde muchos contextos sociales se nota la diferencia. No es lo mismo yo como cineasta narrar aquí en Bogotá, que como lo hace una mujer en territorio, desde Buenaventura, San Andrés o Chocó. Las mujeres preservan la oralidad y los saberes en sus comunidades” (entrevista para la Radio Nacional de Colombia). 

Durante la conversación La tercera raíz: afrocines en América Latina, dada en el marco de El árbol de las palabras, de la 17ª edición del Festival de Cine Africano Tarifa-Tánger (FCAT), Laura Asprilla, otra integrante de Cimarrón Producciones, resaltó sus vivencias como realizadora negra en una ciudad como Bogotá, que en su mayoría se compone de una población blanco-mestiza, y la carencia de una representación en los medios que podría llegar a suponer un impacto positivo en los más jóvenes, de hacerse de una manera adecuada. 

Para la periodista Mabel Lara todo lo que se ha logrado hasta el momento son “pequeños logros. Hoy somos más conscientes de mostrar la diversidad, pero todavía nos falta. A veces creo que es para llenar una cuota, aunque vamos a la universidad, nos educamos, cumplimos con los requisitos; en las redacciones, por ejemplo, todavía hay muy pocos afros” (entrevista para El Tiempo). 

Nuevas posibilidades

Los procesos de producción se han visto acompañados de un surgimiento de nuevos espacios de difusión. Solo por mencionar algunos: el Festival Internacional de Cine Afro y Comunitario – Kunta Kinte, que en el 2020 llevó a cabo su quinta edición; el Motete Cinematográfico, organizado por la Corporación Educativa y Cultural Motete en el Chocó; el Quibdó África Film Festival, que desde 2019 busca explorar el encuentro entre África y la diáspora a través de diferentes herramientas artísticas; y el Festival de Cine Corto de Popayán, que ya se encuentra planeando una nueva edición para este año. 

Existen espacios como la Fundación Carabantú, que funciona en Medellín desde el 2003 y que busca que, a través del cine, personas de todas las edades afectadas por la vulnerabilidad social y económica, fortalezcan su identidad étnica afro. En el 2020 realizaron la quinta edición del Festival Internacional de Cine Comunitario Afro FICCA KUNTA KINTE.

“Nuestros alumnos aprenden sobre fotografía y cine, pero también aprenden lo que es ser afrodescendientes, entendiendo su diversidad, algo que finalmente muestran en sus cortometrajes. Son chicos y chicas que cuentan lo que sucede en los contextos urbanos, mostrando la relación entre su cosmovisión, sus familias y las realidades que viven. Así van creciendo con una consciencia étnica que los convierte en líderes” (Entrevista a Ramón Perea, miembro fundador de la Corporación Carabantú, para El Espectador). 

Durante la crisis sanitaria del 2020 tampoco se pausaron los proyectos. El Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones abrió cinco convocatorias de más de 23 mil millones de pesos para el sector audiovisual. Reyson Velázquez y su productora Dela Mina Studios consiguió 250 millones dirigidos para proyectos realizados por comunidades negras, raizales, palenqueras y rom. 

Demián y el vórtice se estrenó en 2017 como una serie web de temática fantástica, pero ahora con el apoyo lograron readaptarla en tan solo mes meses, dando como resultado tres capítulos de 30 minutos, realizados por un equipo de 130 personas que trabajaron en Quibdó y sus alrededores. Según Velázquez, la serie tiene la calidad de cualquier serie de Netflix grabada con la mejor tecnología, por lo que además de buscar transmitirla por los canales públicos, Reyson espera lograr que la ahora titulada El libro de los Misterios llegue a las diferentes plataformas digitales. 

“Es importante que podamos contar nuestras historias que hoy ya no hablan de racismo y exclusión, sino de empatía y respeto” (Velázquez para revista Semana). 

Escrito por:

 Laura Silva Chaparro – Profesional en Estudios Literarios.

Bibliografía